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Clara Janés: Nupcial (fragmento)

21 de junio de 2017





Ven a la desaparición
del poema,
al punto central
del círculo del aire.

(…)

Se encierra a sí mismo
el cuarzo cristalino del amor,
en su perfección, mudo.
Oh cantor
del ser mínimo,
en tu no estar
aroma irrevocable.
El camino que se abre
ante nosotros
afirma
lo posible
de la imposibilidad que somos.
Ven a la desaparición del poema,
porque es vana la luz de las antorchas
en la calígine incesante,
en el letargo previo
al nuevo nacimiento.






De «Nupcial»
En Fractales
Valencia, Pre-textos, 2006 (pág. 50)

Incluido en Juan Miguel Domínguez Prieto:
Antología viva y confidente de la inspiración —Los poetas del silencio—
Madrid, adamaRamada ediciones, 2006

Foto original color: Clara Janés, en su casa en Madrid, por Gorka Lejarcegi Vía





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Elías Canetti: Tolstoi, el último antepasado

20 de junio de 2017




La manía de autoacusarse de Tolstoi, presente ya en sus años juveniles, le fue contagiada por Rousseau. Pero sus autoacusaciones se estrellan contra un Yo compacto. Por más que se reproche cuanto quiera, no llega a destruirse. Es una autoacusación que le da importancia, convirtiéndolo en el centro del mundo. Sorprende lo pronto que empezó a escribir la historia de su juventud: con ella comienza su quehacer literario.

No puede oír hablar de un tema nuevo sin querer estipular al punto "normas" que lo rijan. Las leyes, que le es imposible no buscar, constituyen su orgullo; pero en ellas busca al mismo tiempo una estabilidad. La necesita debido a la muerte, con la que tiene que vérselas continuamente y desde muy niño. A los dos años pierde a su madre; a los nueve, a su padre, y muy poco después a su abuela, cuyo cadáver contempla y besa en el ataúd.

Sin embargo, no es precoz. Acumula su obstinación mucho tiempo. Todas sus experiencias se sumergen, inmutables, en sus relatos, novelas y dramas. Son experiencias fuertes, y como nunca se resquebrajan, le confieren cierto aire monumental. Todo ser humano que se conserva así es una especie de monstruo. Los otros se debilitan al escurrirse de ellas.

Tolstoi ve la verdad demasiado como ley y concede a sus propios Diarios una especie de omnipotencia. Mediante la lectura de sus primeros Diarios, que abundan en verdades penosas, pero sobrevaloradas, sobre sí mismo, pretende educar a su mujer, que entonces tiene dieciocho años, y guiarla hacia sus propias leyes, todavía vacilantes. El choque que de esta manera le provoca se hará sentir durante cincuenta años.

Tolstoi es de aquellos que nunca dejan escapar una observación, un pensamiento o una vivencia: todo permanece extrañamente consciente. Es espontáneo en sus antipatías y repulsas; ingenuo en su aferrarse a costumbres e ideas tradicionales. Su fuerza radica en no dejarse persuadir: para llegar a nuevas convicciones necesita experiencias personales intensas. Su práctica de rendirse cuentas según el modelo de Franklin, con la que empieza muy pronto, tendría algo ridículo si todo en ella no se repitiera con una obstinación tan aterradora.

Sin embargo, hay declaraciones suyas, fascinantes, que compensan mucho de lo que nos dice en los Diarios: así, por ejemplo, en una carta a su esposa incorpora totalmente a su existencia la guerra ruso-turca de 1877-1878: "Mientras dure, no podré escribir. Es como si la ciudad ardiera. Uno no sabe qué hacer. Imposible pensar en otra cosa."

La evolución religiosa del Tolstoi tardío se halla bajo el signo de un imperativo inevitable. Lo que él mismo considera una decisión libre de su espíritu está determinado por una equiparación terrible: con Cristo. Pero su alegría, cualquier trabajo en el campo y ese predominio de las actividades manuales en él, tienen muy poco en común con Cristo.

En vez de un Cristo es más bien un hacendado regresivo, un patrón que vuelve a convertirse en campesino. Para reparar todo cuanto los amos han cometido, se sirve de los Evangelios. Cristo es su muleta. Lo que persigue es reconvertirse, a título plenamente personal, en campesino. No le interesa el derecho, sino la existencia del campesino, a la que no podría llegarse a través de la violencia. Pero también le importa ser Obras completas como campesino.

Su familia, que obstaculiza esta transformación, acaba por resultarle molesta. Su esposa se casó con el conde y el escritor; del campesino no quiere saber nada. Lo rodea con sus ocho hijos vivos, que no son, ni de lejos, hijos de un campesino.

Reparte sus propiedades en vida. Quiere deshacerse de ellas, y todas las disputas habituales entre herederos se desarrollan entre la esposa y los hijos, bajo sus propios ojos. Es como si se hubiera propuesto sacar a luz los aspectos más horribles de sus familiares.

La esposa se nombra editora de sus obras. Y consulta al respecto con la viuda de Dostoievski, a la que conoce expresamente con tal motivo. Uno se imagina a estas dos viudas, dos viudas muy hábiles, conversando juntas.

En los últimos años de su vida, Tolstoi acaba siendo desmembrado por dos iniciativas —podría decirse dos negocios—, resultado de lo que él realmente fue durante varios decenios.

Su mujer representa el negocio editorial e intenta obtener el máximo posible con la venta de las Obras completas. Chertkov, el secretario de Tolstoi, representa su fe, la secta o religión recién fundada. Él también es hábil, vela sobre cada declaración de Tolstoi y lo pone en el buen camino. Distribuye en todo el mundo sus panfletos y tratados, a buen precio. Usurpa cualquier frase del fundador que pueda ser útil a la fe y le pide copias del Diario in statu nascendi. Tolstoi le tiene apego a su discípulo predilecto y le permite todo. Se interesa por esta iniciativa, mientras que la de su esposa sólo suele inspirarle un amargo rencor. Sin embargo, ambas empresas tienen vida autónoma y casi no se interesan por él.

Cuando Tolstoi sufre un grave ataque que hace temer un desenlace en los minutos siguientes, su esposa exclama de improviso: "¿Dónde están las llaves?", refiriéndose a las llaves de los manuscritos.

He pasado la noche entera en una especie de embeleso, leyendo la vida de Tolstoi. En su vejez, víctima de sus familiares y discípulos, y objeto de todo lo que él había combatido con mayor empeño, su vida adquiere una importancia no lograda por ninguna de sus obras. Él mismo desgarra al observador, a cualquier observador, pues cada cual descubre, encarnadas en esa vida, convicciones que le resultan fundamentales junto a otras que aborrece profundamente. Todas se hallan articuladas y son reveladas sin miramiento alguno, no se olvidan, regresan continuamente. En él parecen compatibles cosas que en uno mismo combaten en forma violenta. Sus contradicciones lo hacen sumamente creíble. Es la única figura de edad que puede ser tomada en serio en nuestros tiempos modernos. Como deja que todo se ponga de manifiesto y no puede negarse crítica, sentencia ni ley alguna, parece estar abierto hacia todos los lados, incluso aquellos donde traza sus límites con más severidad.

Para mí es muy doloroso comprobar que un hombre capaz de calar a fondo y rechazar sin piedad el poder (bajo cualquiera de sus formas), la guerra, los tribunales, el gobierno, el dinero; que un hombre de una claridad tan inaudita e incorruptible hiciera una especie de pacto con la muerte, a la que temió mucho tiempo. Dando unos rodeos religiosos se aproxima a la muerte y se engaña tanto tiempo con respecto a ella que al final hasta es capaz de adularla. De esta manera consigue perder la mayor parte de su miedo a la muerte. La acepta con la inteligencia, como si fuera un bien moral. Hace toda clase de esfuerzos por observarla serenamente cuando mueren sus seres más queridos. Su hija Masha, la única tolstoiana adulta de la familia, muere a los treinta y cinco años. Él sigue de cerca su enfermedad y asiste a su muerte y entierro. Lo que anota al respecto lo muestra satisfecho: ha progresado en sus entrenamientos con la muerte, aprueba lo terrible: lo que tuvo que arrancarse violentamente unos años antes, al morir, a los siete años, su hijo predilecto Vanitchka, ahora ya ni le resulta difícil.

Y así, él mismo sigue sobreviviendo y se vuelve cada vez más viejo. No llega a conocer a fondo el proceso de la supervivencia. Se horrorizaría si supiera que la muerte de esos miembros más jóvenes de su familia consolida su conciencia de vivir y, de hecho, prolonga su propia vida. Cierto es que, pensando en Cristo, se augura a sí mismo el destino de un mártir; pero los poderes de este mundo, que él aborrece, se guardan muy bien de tocarlo. Lo máximo que le ocurre es ser excomulgado por la Iglesia. Sus adeptos más fieles son exiliados, pero a él se le permite quedarse en su propiedad y moverse libremente por todas partes. Sigue escribiendo lo que quiere y en algún lugar es publicado: no hay manera de hacerlo enmudecer. Supera incluso las enfermedades más graves.

Lo que el Estado no le hace, se lo hace su propia familia. Es su mujer, no el gobierno, la que instala vigilantes en la propiedad. La lucha a vida o muerte que lo enfrentará con ella no es debida a sus panfletos y llamados, sino más bien al ajuste de cuentas íntimo y cotidiano de Tolstoi consigo mismo: a sus Diarios. Es ella, su mujer, la que, aliada con sus hijos, lo acosa hasta la muerte. Así se venga de la guerra que siempre libró Tolstoi contra su sexo y el dinero; y debe decirse que es justamente el dinero lo que más le importa. Es ella quien, en vez de él, desarrolla esa manía persecutoria que, en principio, hubiera debido surgir en el escritor como consecuencia de su lucha sin cuartel contra enemigos poderosos. Ella hace de él un conjurado, pese a la vejez extrema de Tolstoi y a ser éste el más franco de todos los hombres. Hasta la muerte acuñará él su doctrina, grotescamente encarnada en su secretario Chertkov. Y la ama a un grado tal que su relación con Chertkov asume un carácter homosexual ante los ojos de su demente esposa. Los Diarios relacionados con el período inicial de su matrimonio representan para ella al auténtico Tolstoi. Por eso se adueñó de sus manuscritos, copiándolos meticulosamente. Su paranoia le dice que de Tolstoi no quedarán más que los manuscritos y los Diarios: de éstos debe apropiarse.

Sin embargo, ella odia la ejemplaridad de la vida del escritor, su incesante discusión consigo mismo, en la que ella también está comprometida. Y consigne, con diabólica energía, devastar los últimos años de esa vida. No puede decirse que sea más fuerte que él, pues al final, después de soportar tormentos indecibles, Tolstoi huye. Pero incluso en los últimos días, cuando cree haberse liberado de ella la tiene, secretamente, muy próxima a él: en sus momentos postreros ella le susurrará al oído que todo el tiempo ha estado allí.

He pasado diez días ocupado con la vida de Tolstoi. Ayer murió en Astapovo Y fue sepultado en Yasnaia Poliana.


Una mujer entra en su alcoba de enfermo; él cree que es su hija predilecta, ya difunta, y exclama en voz alta: "¡Masha! ¡Masha!" Así tuvo la alegría de reencontrar a uno de sus muertos; y aun cuando en realidad no fuese ella, el instante engañoso de esa dicha fue uno de los últimos de su vida.

Tolstoi murió con gran dificultad: ¡qué vida tan tenaz! No llegó a reconciliarse con la Iglesia, pues se hallaba rodeado de discípulos que lo protegieron contra los últimos emisarios de ésta.

Su mujer y sus hijos, que con excepción de Serguei: el mayor, eran todos individuos despreciables, se habían instalado en un vagón de lujo en la estación de Astapovo, a inmediata proximidad del moribundo. Éste advirtió que su mujer lo espiaba por la ventana y hubo que instalar una cortina. Se hallaba rodeado por seis médicos, sin duda no muchos, y por más que los despreciara, prefería los cuidados a los de su esposa.

No conozco nada más conmovedor que la vida de este hombre. ¿Qué cosa me subyuga tanto en ella y me mantiene atado hace diez días?

Es una vida completa hasta el último instante; hasta la muerte figura en ella todo cuando pertenece a una vida. En ningún punto ha sido abreviada, defraudada o falsificada. Todas las contradicciones de las que es capaz un hombre encuentran cabida en ella. Y así se presenta ante nosotros, completa, manifiesta en cada uno de sus detalles, pues todo, desde la juventud hasta los últimos días, se halla registrado de alguna manera.

Lo que a menudo me molesta en su obra, cierta sobriedad y buen tino, redunda en beneficio de sus escritos autobiográficos. Su vida tiene una sola tonalidad, resulta creíble, podemos abarcarla con la mirada y sucumbir, de hecho, a la ilusión de que una vida puede ser abarcada de esta forma.

Tal vez no exista ilusión más importante. Pues la teoría de que la vida de un ser humano se halla compuesta por un sinnúmero de detalles que nada tienen que ver unos con otros puede, sin duda, ser defendida, pero se ha extendido demasiado y sus consecuencias no han sido precisamente positivas. Le quita al hombre valor para resistir, toda vez que para ello es necesario sentir que uno permanece igual a sí mismo. Debe haber en el hombre algo de lo cual no se avergüence, algo que verifique y registre las vergüenzas necesarias. Esta parte impenetrable de la naturaleza interior posee una constancia relativa y se deja rastrear muy pronto si nos ponemos a buscarla seriamente. Cuanto más tiempo pueda un hombre perseguir esta constante, cuanto mayor sea el lapso temporal que abarque su actividad, tanto más importante será su vida. Un hombre que haya poseído conscientemente este elemento constante a lo largo de ochenta años, ofrece un espectáculo tan aterrador como necesario. Hace que la creación sea verdadera de un modo nuevo, como si pudiera justificarla mediante una intuición precisa, resistencia y paciencia.

Me he ocupado aquí tan sólo de la vida de Tolstoi y no de sus obras 1. De este modo lo que a veces encuentro aburrido en sus obras no ha logrado desorientarme. Su vida nunca es aburrida, es más bien prodigiosa y, debido a su final, es una vida ejemplar. Su evolución religiosa y moral carecería de valor si no lo hubiera conducido a la terrible situación de sus años tardíos y postreros.

El hecho de que al final huyera y no muriese en casa convirtió en leyenda su propia vida. Pero la época que precedió a su fuga quizás tenga más valor. La oposición de Tolstoi contra todo lo que no le parecía verdadero le granjeó la enemistad de sus seres más próximos: su mujer y sus hijos. Si hubiera abandonado a su mujer en el acto y no se hubiera inquietado por su vida, si le hubiera vuelto la espalda —y motivos no le faltaban para hacerlo— en cuanto la vida se le hizo insoportable a su lado, sería imposible tomarlo en serio. Pero se quedó y, a una edad muy avanzada, decidió arrostrar sus amenazas diabólicas. La paciencia del anciano provocó el estupor de los campesinos que lo rodeaban, y más de uno con los que hablaba llegó incluso a decírselo. La opinión de esa gente no le parecía despreciable: entre todos los hombres le seguían pareciendo los mejores.

En las batallas que tuvo que soportar se convertía, como él mismo escribió, en un objeto, y esto era lo que más lo incomodaba.

No estaba del todo solo. Tenía discípulos fieles, y uno a quien amaba particularmente porque dirigía contra él mismo, contra el maestro, el rigor de su doctrina. Tenía asimismo una hija totalmente entregada a él. Pero es todo esto lo que otorga su evidencia y concreción a los hechos que le conciernen. Todo no se lleva a cabo en él solo. Los demás se hallan incluidos.

Al final, la vida de Tolstoi se desarrolla como en Auto de fe 2: la lucha por el testamento, el continuo hurgar en papeles. Un matrimonio que había empezado en un clima de respeto y comprensión, con la mujer que copiaba repetidas veces, sin tregua, cada página escrita por él, concluye en la guerra más espantosa y en medio de una incomprensión absoluta. En los últimos años, Tolstoi y su mujer se hallan tan distantes entre sí como Kien y Teresa. Pero su tormento es más íntimo, ya que al cabo de varios decenios de convivencia saben más uno del otro. Además, hay hijos de este matrimonio y hay también adeptos del profeta, de modo que el escenario de los hechos no es tan aterradoramente vacío como el apartamento de Kien. En Auto de fe, la representación del conflicto tiene mayor relieve y por eso es tal vez más clara, pero como opera con medios que Tolstoi rechaza, parecerá aún más inverosímil a quienes compartan su visión de la "naturaleza". Incluso en sus momentos más atribulados, él no se hubiera reconocido en Kien sin duda alguna, mientras que probablemente hubiera visto a su mujer encarnada en Teresa.

Ya muy anciano, Tolstoi busca en el tratado de psiquiatría de Korsakov los síntomas de la enfermedad mental de su mujer. Ya debía conocerlos todos con suma exactitud. Pero nunca se interesó realmente por la locura: la había evitado, dejándosela despreciativamente a Dostoievski.

Poco antes de su fuga lee Los hermanos Karamazov, en particular el pasaje sobre el odio de Mitia hacia su padre, sobre odio, en cualquier caso. Lo rechaza, no lo admite; ¿sería posible que su rechazo moral del odio enturbie su visión con respecto a la subyugante representación de la novela dostoievskiana?

De cualquier forma, manda pedir, para la fuga, el segundo tomo de los Karamazov de casa de su hija Sasha.

1971

Notas

1. Debo muchas sugerencias a la biografía de Tolstoi escrita por Troyat, 
que utiliza gran cantidad de material sólo accesible en lengua rusa. 

2. Novela Die Blendung de Canetti (Trad. cast. Auto de fe, Barcelona,  Muchnik Editores, 1980)




En La conciencia de las palabras (1975)
Trad. Juan José del Solar


Foto: Canetti at his desk, London 1950
by Johanna Canetti


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Henri Michaux en «Puntos de referencia»

15 de junio de 2017





En el reverso que parece el anverso, en el corazón de una presa sin empresa, a lo largo de las horas, en la orilla de lo indefinidamente prolongado del espacio y del tiempo, engaña-exteriores, engaña-interiores, engaña-bobos, di ¿qué haces?

¿Qué eres, noche sombría, en el interior de una piedra?


En Puntos de referencia (in fine)
Traducción J. Escobar
Poteaux d'angle, Paris, L'Herne, 1971
















Tomado de Revista Ilustrada de Información Poética
Madrid, N° 10, Invierno 1980-81




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Alejandra Correa: Destellos en «Maneras de ver morir a un pájaro»

17 de mayo de 2017






8. Tres mujeres


I.

Con la escoba en la mano
la muchacha de la limpieza
mira al jardín y piensa si no será mejor
barrerlos con un rastrillo:

son cientos
y se parecen tanto a las hojas muertas


II.

Frente al ciprés que se secó hace años
esta otra mujer se pregunta
por las repentinas flores raídas
que penden de las ramas
como murciélagos


III.

Conduce un C5 negro

Hace dos kilómetros que los pájaros caen a pique
impactan en el techo y el asfalto

Hunde el pie en el acelerador

le entra el miedo de no llegar a su casa

antes del Apocalipsis




9. Annette


I.

Algunos días sale de casa
sabiendo que en su camino
habrá un movimiento Hansel y Gretel
pero inverso

Buscará en el bosque las señales
que hace tiempo le dejó la infancia

Tienen la forma de pequeños pájaros secos
Los recolectará en su cuenco de mimbre

como si fueran peras o manzanas

Con sumo cuidado
como comúnmente se trata
a los frutos de papel


II.

Cuando llegue el invierno
y la bruma crezca desde la garganta del suelo
abrirá el cajón numerado

Uno a uno sacará los pequeños cuerpos
atendiendo a que no se deshagan con su
respiración caliente

Los vestirá con saquitos de lana rayados
con bufandas del tamaño de un lápiz

Luego archivará cada cuerpecito en el cajón
hasta el próximo verano


A Annette Messager



12. Nosotros


I.

El extraño que hay en nosotros
acecha en cada pájaro moribundo


II.

Después del nido silbando*
la fantasía traza en la tierra
las alas desplegadas:

Es la hora en que el ave
es más débil que su sombra


III.

Somos tres sobre la tierra:

vos
yo

y la muerte de todos los pájaros


* Verso del libro citado de W. Stevens 
en la traducción de Raúl Gustavo Aguirre



13. Epílogo


I.

El cementerio de los pájaros azules

el de los pájaros con picos transparentes

el camposanto de los que cayeron al atardecer del segundo día

el nicho abierto en la tierra de los que medían menos de cinco
centímetros de porte

la parcela de los pájaros cantores

la de las aves de raros silencios

la extensión de cuerpos volátiles que anidaban en todos los olmos
de las tierras alambradas

el prado sacro de los que tenían menos de tres días de vida y más
de tres años en su haber

el territorio final en el que las hembras callaron tras un graznido
amargo

el sitio donde el desierto fingió podredumbre para devorar
a sus buitres

o donde la montaña tuvo manos y jaulas de hielo
para sus halcones

¿dónde las 340 especies de colibríes?

¿y las aves de alas pesadas?

¿y las de plumas como estrellas?

¿Cuáles son los sitios
donde anida el dolor del mundo
y hace carne la muerte

de sus propias partículas?


II.

Como más tarde otros soles

el último pájaro
cayó a tus espaldas







Alejandra Correa, Río de la Plata, 1965
Es poeta, artista visual, comunicadora y gestora cultural
Ha publicado los libros de poesía: Río partido (1998), El grito (2002), Donde olvido mi nombre (2005), Los niños de Japón [+] (2010), Cuadernos de caligrafía (2009 y 2014)
Maneras de ver morir a un pájaro recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura de Uruguay  (poesía inédita) en 2014 y la Mariposa de Plata del Concurso Internacional Marosa di Giorgio (Salto, Uruguay, 2013)

Junto a Julia Magistratti crea el sello editor La Gran Nilson









Maneras de ver morir a un pájaro
Diagramación de tapa e interiores: Marcia Cabezas
Imagen de tapa: Alejandra Correa
Foto AC en solapa: Marina Petit de Meurville
Buenos Aires, La Gran Nilson, 2015








Sitio:  Alejandra Correa, poeta y artista visual



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Steve Jobs: 2011 —5 de mayo— 2017

5 de mayo de 2017




Foto sin atribución Vía





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Susana Thénon: Las mujeres poetas

14 de abril de 2017





las poetas mujeres
tenemos que juntarnos
para salir
para enfrentar
la humanidad hostil
pero hay que hacerlo con dulzura
¡Femineidad!

las poetas mujeres
hemos de unirnos
para vencer
a poemazo limpio
aunque nos tiren la casa abajo
a pedradas
a pleonasmos

las mujeres poetas
debemos mantenernos codo a codo
pero sin codearnos
mano a mano
pero sin manosearnos
check to check
pero sin chequearnos
y teté a teté
pero sin pecharnos

muy difícil

las mujeres poetas
hemos de divorciarnos
¿y de quién? ¿y de quién?
de las poetas mujeres

hombres no hay hace rato

31-08-86




En La morada imposible
Buenos Aires, Editorial Corregidor, Biblioteca de Poesía, Tomo II
Edición a cargo de Ana María Barrenechea y María Negroni
Poemas inéditos II, 1981-1988

Foto: Anatole Saderman




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Alejandra Pizarnik: Lenguaje*

11 de abril de 2017




7 de septiembre. Noche de insomnio. Pensé con tristeza en el lenguaje. ¿Para qué escribo? Respondí con esta escena imaginaria: vivo en el Tíbet, sola, en una choza. Nunca hablo con nadie pues ignoro el idioma de mis vecinos.
¿Por qué no habla un niño recién nacido? Porque sus deseos y temores son demasiado intensos. El silencio, el llanto y el grito son «expresiones» del deseo puro.
Lo terrible de la conversación: nunca se está preparado para dialogar, no existen ensayos previos, de nada valen las experiencias de otros diálogos.
Escribir es mi mayor ingenuidad, es querer contener lo que se desborda… Pero si lo mío es el sueño, es el silencio. Dominio acechado. Entonces, escribir para defenderlo, para merecer mi espacio silencioso.
Cada vez que interviene la razón, que me preocupo por leyes de armonía —heredadas o no—, que escamoteo y sustraigo el caos, la mentira se me vuelve evidente, se aparece como una visión, como si fuera una revelación sobrenatural.
La moral es la gramática del deseo.
*
18 de abril. Las palabras no pueden ser vividas como un rostro amado. Esto es correcto pero apenas señala mi desesperación nacida junto al gesto de amor inútil con que se despidió B.
*
24 de febrero. Las palabras son cosas y las cosas palabras. Al no poder creer en la realidad de las cosas, las nombro y luego creo en sus nombres: el nombre se vuelve real y la cosa nombrada es la fantasma del nombre. Ahora sé por qué escribo poemas tan inmóviles[**]. Es mi sueño de un materialismo del sueño.
*
El desamor, los ojos cerrados, el deseo que se evapora frente a los rostros reales, la sabiduría apócrifa de la que se duerme en la espera. La infancia, una ventana cerrada por la que se columbraba la continuidad de una sola estrella. Los deseos enunciados mediante voces llorosas. Esa noche al borde del mar: la fosforescencia de las aguas, la luna roja en lo oscuro, noche en que aprendí la supremacía del azar. Allí esperaba, allí esperé. ¿Para qué tanta espera? Para llegar al día de hoy, a mi voz que habla para no decir. Y ese lugar de silencio perfecto, entrevisto en los horrores del alcohol. Deseo muerto, compañero traidor. Hablábamos con palabras vivas y he aquí las sombras repentinamente.
*
26 de julio. El yo de mi diario no es, necesariamente, la persona ávida por sincerarse que lo está escribiendo.
*
27 de julio. 21 h. Sucede lo siguiente: sufro.






[*] Legajo de cuatro hojas blancas tamaño libreta, mecanografiadas y corregidas a mano. En la primera hoja en la parte superior, la autora escribió con lápiz «carp. jaune» y «Lenguaje» con tinta roja. 

[**] Encima de «inmóviles» escribió a mano «extáticos».


Alejandra Pizarnik, Diarios, 2003
Apéndice V
Edición a cargo de: Ana Becciu

Foto (presumiblemente la última) sin atribución ni data
en todos los medios Vía ABC


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Pascal Quignard: Butes [Capítulo II)

8 de abril de 2017


Cuando, en Plutarco LXX 6, Catón quiere preparar su alma para darse la muerte, comienza por enviar a Butas, su secretario, al borde del mar; luego pide a sus esclavos y a sus oficiales que se vayan; busca entre los volúmenes que hay en su equipaje; quiere escoger un último libro para pasar lo más agradablemente posible su última noche.
Escoge un libro griego.
Consagra lo esencial de su noche a releer el Fedón.
Lee una vez, dos veces, tres veces.
De pronto, crecido por lo que ha leído, decide morir en el acto reproduciendo el ejemplo ateniense con el que ha impregnado su alma, busca su espada. Busca su espada pero no la encuentra. Esto es lo que escribe Plutarco: Catón buscó su espada pero ya no estaba colgada sobre su cama. Llamó a los suyos que le dijeron que se la habían quitado porque temían que se matara. Catón dio un puñetazo a uno de ellos porque no quería devolvérsela. Su mano se ensangrentó enseguida. El hombre perdió el sentido y cayó. Catón no pudo evitar gritar de dolor cuando se hirió la mano. Todos corrieron. Le trajeron su espada. Le dijo a Demetrio: «¿Por qué no me habéis atado las manos a la espalda?» Entonces Demetrio se fue llorando. Pero Catón no perdió el tiempo; desenvainó la espada; verificó el filo; examinó su punta; pero los dedos que acababa de herirse le dolían y estaban demasiado débiles para sostener el peso de la espada; entonces dejó la espada sobre la cama y llamó a un médico para que le vendara los dedos ensangrentados. Una vez hecho, el médico salió y Catón se estiró en la cama y volvió a ponerse a leer. Entonces oyó cantar a los pájaros. Butas regresó y le dijo que todo estaba en calma en los puertos. Catón le abrazó, le rogó que cerrara la puerta y se hundió la espada en el pecho.
*
Palabra por palabra: Ya los pájaros cantaban. Ἤδη δ’ ὄρνιθες ᾖδον.
Los pájaros comienzan a cantar, la muerte surge, deja el libro.
Es el tiempo natural que vuelve de pronto en el mundo filosófico.
Es el tiempo de la tierra que salta en el tiempo del mundo.
La melodía animal hace que se despliegue de repente, en el interior de la psique virtuosa del último republicano de Roma, todo el lenguaje escrito por Platón para evocar la muerte de Sócrates en Atenas. Catón abandona el griego. Es dos veces libre. Se reúne con la naturaleza por la muerte a partir de una llamada que proviene de la naturaleza.
*
Los pájaros cantan. Catón se abre el vientre con la ayuda de su espada.
*
Pero el relato de Plutarco no acaba aquí porque la mano vendada de Catón es demasiado débil para hundir la hoja hasta que alcance el corazón y lo atraviese. Sus entrañas caen al suelo; las recogen; se las introducen de nuevo; tratan de coser su vientre. Catón se da cuenta de lo que los suyos intentan hacer. Con las dos manos desgarra de nuevo la piel de su vientre. Palabra por palabra τò τραῦμα ἐπαναρρήξας άπέθανεν: la herida volviendo a desgarrar, murió. Los pájaros cantan cada vez más fuerte. El sol se eleva progresivamente en el cielo.





Pascal Quignard: Butes Capítulo II
Título original: Butes
Pascal Quignard, 2011
Traducción: Miguel Morey
Traducción: Carmen Pardo

Foto: PQ por Hannah Assouline París 2002


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Susana Thénon: Omnes generationes

6 de abril de 2017






que marchen uno in vitro
y una in poliuretano
de Estocolmo

los educaré como pueda

no los educaré

benedice garrafam et monitorem
quia mineralia sunt et
penes mineralia revententur

o mejor tres
in fórmica
in cobalto

o cuatro o seis o esquirla enamorada






En Ova completa (1987)
La morada imposible, Tomo I
Edición a cargo de Ana María Barrenechea y  María Negroni
Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2001

Foto: Anatole Saderman


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Herta Müller: ¿Está rico el matarratas? *

5 de abril de 2017




«Dónde estará mi escalera, con lo bien que encajaba debajo del árbol y ahora no está. Me la han robado, a ver si no», dice la anciana. «Si es que ésos te lo roban todo, desde que han venido ésos ya no se puede tener de nada», y se refiere a los inmigrantes.
Esta manera de insultar se ha vuelto tan natural en el pueblo que ya no hace falta pronunciar la palabra «inmigrante» o «extranjero». La mujer espera que secunden su opinión.
El hombre –de unos sesenta años– que me acompaña hasta la linde del pueblo, a las colinas con árboles frutales, asiente con la cabeza al mirarla. Ella le conoce y conoce también su opinión sobre el tema por conversaciones anteriores. Él se atormenta porque ahora no puede decir lo que piensa. Porque estoy yo a su lado y sabe que le replicaría furiosa. Y para que su paisana no se entere de que conoce a gente de opiniones muy distintas, se calla. Pero también para ocultar que a su lado va una persona que también es extranjera.
Semanas antes intentó explicarme que yo soy distinta de los extranjeros porque soy alemana de Rumanía. Desde aquel intento sabe que no admito su diferenciación, esa engañosa buena intención de su parte que, sin embargo, apunta a otros.
El hombre se agacha a coger manzanas y la mujer sigue su camino insatisfecha. Cuando ya se ha ido, él no comenta ni palabra sobre lo que acaba de ocurrir. Hace como si la mujer ni siquiera hubiese pasado.
Una hora más tarde camino a su lado «de regreso a casa» y cruzamos el pueblo, que ofrece el mismo aspecto que otros miles de pueblos del oeste de Alemania: todo está tan cuidadito hasta el último detalle que parece que jamás soplara una pizca de viento en el cielo, ni lloviera, ni helara, ni hiciera un calor que se come los colores. Como si allí, sin rozar las casas, el tiempo sólo afectara a los rostros de las personas. Pero también éstas envejecen más tarde y de un modo diferente al de los países de la pobreza. Y pienso que la gente que vive en esas calles, con sus casas de vigas de madera, sus arbustos decorativos y sus macizos de áster tardío, no soporta oír la palabra «pobreza». La gente mayor sabe que después de la guerra fueron pobres y que se habían quedado en la mitad de sí mismos. Porque también sabían que la guerra la había empezado Hitler.
Eran perdedores en la guerra y perdedores en sus casas y campos, pues también habían puesto sus canciones y usos populares al servicio de la guerra. Por eso no tenían derecho a quejarse. Fuera de allí, en los demás países –países pisoteados por Hitler en su nombre–, se les tenía por monstruos. Y se pusieron a trabajar como bestias para no ver lo que quedaba de ellos.
Y los jóvenes saben que muchas cosas que para ellos son algo natural no dejan de ser un sueño para muchos en los países pobres, y un lujo para muy pocos. Sólo con que la pobreza de los pobres roce este pueblo ya tienen miedo sus habitantes. Los viejos y los jóvenes. Un miedo exagerado en tanto que es un miedo figurado que muy fácilmente puede revertir en odio. Consideran que la pobreza es indigna, con lo cual la pobreza ajena ya les parece absolutamente inaceptable. Ellos están por encima. Y lo que encarna la pobreza son los extranjeros. Hasta para mirar la pobreza ajena se creen demasiado buenos. Pensar así es propio de quien se cree de una raza superior[1]. Protegiendo su pueblo de la pobreza mediante el odio sienten que están en casa.
Quien pronuncia la palabra «extranjero» por las calles de estos pueblos la vincula al odio. Y ya tiene tema de conversación con cualquiera. Una conversación que siempre sigue el mismo desarrollo. Las fórmulas huecas y llenas de prejuicios sobre los extranjeros bastan para hablar durante un buen rato, para desahogar sin despertar sospechas tantas insatisfacciones particulares por otros motivos muy distintos (y que jamás reconocerían o jamás verbalizarían).
El periódico local había publicado un panfleto sobre los extranjeros unos días atrás. Una auténtica muestra de «poesía popular» cubierta de una gruesa costra de prejuicios y en el ameno tono del desprecio a la humanidad. El tibio comentario de los redactores de que aquello tan sólo era un ejemplo del ambiente en que vivimos y de que circulaban cientos de octavillas con ese texto denota una falsa moral. Del contenido del panfleto no comentaba nada.
La mayoría de las Cartas al director de los días siguientes fueron cartas de agradecimiento: Ahora se ha dicho claro de una vez. Las cartas indignadas eran muy pocas… es probable que la redacción ya lo supiera antes de publicar el texto.
La anciana que despotrica al pie del manzano no se refiere a un inmigrante en concreto, se refiere a todos. Cómo iba a referirse a ninguno, no había visto al ladrón de la escalera. Ahora bien, sabe que quien busca asilo no tiene casa ni techo ni árbol, claro que lo sabe. Y también sabe que su vieja escalera de madera no le serviría para nada. Pero eso no le hace cuestionarse sus prejuicios.
La lugareña inculpa arbitrariamente, calumnia y sabe que puede hacerlo como le venga en gana; nunca tendrá que demostrar lo que dice. Y aunque hubiera sido un extranjero, ella querría que desaparecieran del pueblo y de todos los lugares del país todos ellos. Ella es una de muchos, hace lo que es habitual en esa zona, calumnia a diario en cuanto se presenta la ocasión. Cambia de interlocutor pero el tema siempre es el mismo. Eso le da vida, a ella y a su pequeño pueblo.
Esta vida que da el odio se convierte en algo natural. La imagen del enemigo que todos comparten no requiere rectificaciones puesto que sus características son inventadas. Al compartir esa imagen del enemigo en sus conversaciones, los del pueblo hallan la aprobación sin tener que asumir ninguna responsabilidad. Eso crea adicción. El odio a los extranjeros se convierte en opinión pública. Crea un sentimiento de pertenencia a un colectivo, muy necesario cuando en todos los demás terrenos son la envidia, las intrigas o la competencia lo que determina las relaciones. El que se mantiene al margen de esa comunidad resulta sospechoso y la comunidad lo presiona para que se justifique.
Hace tres años yo todavía decía: Eso le pasa a la gente que vive «eternamente aferrada al ayer». Cada vez hablarán menos y callarán más porque su entorno no los aceptará. Se quedarán solos, pensaba yo aún hace tres años. Hace tres años aún no imaginaba lo ágiles que son las frases del odio, lo deprisa que se extiende una y otra vez esa ideología de la raza superior, lo sólida que puede ser la cobardía como pilar de la vida y hasta dónde puede llegar. Y menos aún imaginaba lo poco que tarda la ideología de la raza superior en arraigar en los jóvenes, puesto que aúna la autocompasión y el delirio de grandeza en un mismo aliento.
Sabía que andaban por ahí el grupo paramilitar Wehrsportgruppe Hoffmann y otros grupos neonazis de similar pelaje. Sabía también que los republicanos y el DVU[2] cada vez tenían más votos. Ni en el caso de Berlín o de Pforzheim, de Stuttgart o de donde fuera me creí el término «voto de protesta». Y, sin embargo, pensaba que las cosas que decían esos agitadores se caían por su propio peso.
Lo que me tranquilizaba era la fe en el efecto del conflicto generacional de 1968. Aquello supuso una cesura para siempre, pensaba. Y pensaba que la gran mayoría de los nacidos después de 1968 no darían vuelta atrás respecto a esa cesura. Después de que los hijos e hijas de entonces buscaran y encontraran a los criminales y encubridores de Hitler en sus propios padres, de que plantearan el problema de la culpa, de la culpa personal precisamente, nunca pensé que eso dejara de ser vinculante en este país.
Me cuenta una pediatra de Hamburgo que los padres muy jóvenes que llevan a sus hijos al hospital dicen a los médicos: «No quiero que mi niño esté en una habitación con niños extranjeros». Me cuenta la pediatra que esos padres a veces traen a niños muy enfermos y que, a pesar de la preocupación y de la angustia, tienen esa frase en la cabeza. Y que no reparan en soltarla.
Los neonazis que tiran piedras y provocan incendios, los agresores de Hoyerswerda y Rostock no son grupos marginales. Se mueven en el centro. No sólo pueden contar con el aplauso desde los márgenes, sino también con la aprobación de aquellos cuyo aspecto no se asociaría con los cabezas rapadas. Ciudadanos modositos que no se rapan la cabeza sino que, por lo bajo y sin llamar la atención, van forjando esa opinión pública y personal que convierte las agresiones a las personas en algo compatible con la sociedad. Los neonazis con sus puños americanos son, desde hace al menos dos años, los ejecutores de una opinión pública. Por eso no salen huyendo. Actúan delante de las cámaras de los reporteros y hasta hacen el salvaje en el mismo sitio una noche tras otra. No tienen motivos para cubrir sus rostros ni para pasar a la clandestinidad. Nos presentan el crimen organizado como algo legal. Porque se sienten portavoces de la comunidad. Llevan a efecto lo que los mayores ya no pueden hacer porque el cuerpo ya no se lo permite. Hallan el reconocimiento y se convierten en héroes.
Ya puede el canciller federal predicar otras mil veces la frase: «Somos un país amable con los extranjeros». Eso ya no se lo cree nadie. Es una frase insensible, ciega, y una provocación.
Los políticos aseguran que se sienten «afectados», pero ni por casualidad se les ocurre una frase que despierte nuestra atención. De su boca no sale una sola idea. En lugar de eso, la misma cantinela manida a base de metáforas muertas. Se las llevan a la boca para escapar de los hechos. Y les resbalan, frías. Al propio lenguaje, a la lengua alemana se le pone carne de gallina cuando hablan los políticos alemanes. Las imágenes del lenguaje de los políticos son metáforas con carne de gallina. La Comunidad Europea (o la democracia, o el Estado) debe ser «capaz de defenderse con arrojo, un ancla firme en un mar tempestuoso» (ministro de Exteriores Kinkel). Todo es intercambiable, se dicen las mismas naderías todo el tiempo.
¿Por qué será que la gente que se dedica a la política –es decir, la gente para quien los discursos en público forman parte de la profesión tanto como las decisiones a puerta cerrada no lee? ¿Por qué no leen al menos lo necesario para dominar el tono general de un lenguaje creíble? ¿Por qué para hablar hoy en día de los neonazis se llevan a la boca un lenguaje que, estéticamente, apenas se diferencia de las metáforas del fascismo? Todas sus imágenes van a dar en la misma cicatriz fea de siempre:
«Hay que arremangarse», se dijo después de la reunificación, luego vino el «fondo del valle» que «no se había tocado aún», luego sí «se había tocado» pero no había perspectivas de «remontada», de «país floreciente», nada. Ahora «está lleno el barco». En el décimo aniversario de su llegada a la Cancillería, el canciller sigue diciendo: «Cada cual se labra su propio destino». Todas, metáforas con carne de gallina.
Cuando se prende fuego a los extranjeros, a los políticos les viene antes a la boca la palabra «vergüenza» que la palabra «acto criminal». Pero «vergüenza» no significa más que la mirada que, de reojo, se dirige hacia el extranjero para calibrar la repercusión negativa en política exterior. Perseguir y agredir a las personas no es una «vergüenza», es un crimen.
Hace una semana, unos skinheads dieron una paliza a un alemán. «Es que parecía extranjero», dijeron los agresores. Fue sin querer. Cuando se prende fuego a un albergue para inmigrantes se acierta seguro. Claro que, por la calle, hasta el ojo experto en cuestiones de raza superior se puede equivocar.
Si uno intenta seguir el razonamiento desde la perspectiva de un neonazi, resulta que, para evitar estos errores, los extranjeros deberían marcar su identidad ante los ojos de los demás cuando salen de casa: coserse un símbolo en la ropa.
Los pocos agresores que fueron llevados ante los tribunales hablaron de «aburrimiento». Una palabra que no encaja en absoluto en un proceso judicial. La xenofobia no se explica aludiendo al paro o la falta de discotecas o de proyectos para los jóvenes. Porque el aburrimiento, se entienda lo que se quiera bajo este concepto, no induce a atentar contra las personas.
Tampoco el hecho de que en Alemania nunca hubiera una revolución como el «derramamiento de sangre» de Francia conduce a estas agresiones. Quien aún pretenda cabalgar sobre este caballo de la filosofía de la historia pronto se verá a lomos de una mula parda. La sangre de los muertos nunca ha vuelto más sensato a ningún vivo. La mirada hacia Rumanía lo demuestra. Con la caída de Ceauşescu salieron a la luz muchos muertos: fosas comunes ocultas con víctimas de la tortura. Personas fusiladas en plena calle. ¿Y después?
Un año después, los rumanos se dirigieron hacia las afueras de los pueblos al son de las campanas y prendieron fuego a las casas de los romaníes. A calles enteras.
No puedo evitar hacer la comparación de que la gente de la antigua RDA se encuentra en una situación similar a la mía en la Alemania reunificada: son alemanes por el alemán que hablan. Pero no son alemanes occidentales. Son extranjeros en todos los demás aspectos de su biografía y socialización. Existe una mayor semejanza entre las costumbres de los polacos, checos, húngaros y rumanos y las de los alemanes de la antigua RDA que entre éstas y las de los alemanes occidentales. Las dictaduras del este de Europa se parecían todas en sus calles y en los interiores de sus casas. A veces por casualidad, por la misma planificación de la miseria, y a veces intencionadamente, de acuerdo a las mismas estructuras de los aparatos de represión del Estado, dieron lugar y luego dejaron tras de sí mundos similares… y personas con los mismos daños.
Los alemanes de la antigua RDA no son «personas de segunda clase», sino alemanes occidentales en su superficie y europeos del este en el interior de sus cabezas. Eso no es ninguna forma de segregación, es la verdad de los hechos. Lo que sucede es que, al lado de esa tan estudiada hipocresía de la igualdad, suena como un sacrilegio.
Como la gente de Rostock se reconoce en cada inmigrante, como estos refugiados son su pasado inmediato, surge el odio. La reunificación debería crear y garantizar la distancia segura con respecto al pasado. Así lo hizo, pero sólo de cara a la galería. Cambiar los años vividos es imposible. La reunificación no se plantea siquiera el problema de la semejanza entre la antigua RDA y los países del este, que son justo como era la RDA hace dos años. A ello se añade que la gente esperaba la llegada del bienestar con la reunificación y quería dejar tras de sí de una vez la escasez (pues pobreza no llegaba a ser). Y ahora resulta que encuentran la pobreza extranjera viviendo delante de su puerta. Ahora que se han librado de la dictadura, los alemanes del este protegen sus aceras de la pobreza extranjera. Además, es más fácil afirmar la propia identidad frente a esa pobreza extranjera que frente a los alemanes occidentales.
El trato de odio que los alemanes de la antigua RDA dan a los extranjeros del este de Europa delata un rechazo de su identidad en tanto europeos del este. Recuerda la actitud de los nuevos ricos y resulta tan repugnante y moralmente insostenible en la gran masa como en los casos de fanfarronería individual. Sólo que en la masa es mucho más peligroso. El nuevo odio también se remonta en la historia. El antifascismo, del que tanto se había abusado como pilar de una ideología también odiada, se deja de lado. Ahora se sienten «libres». La rabia que debería ir dirigida a los que abusaron ideológicamente del antifascismo se canaliza, en lugar de ello, pintando cruces gamadas sobre tumbas judías y provocando un incendio en Sachsenhausen[3].
Los políticos balbucean sus metáforas con carne de gallina. Para distanciarse, proponen nuevas leyes penales. Como si hubieran muerto las leyes viejas, las leyes contra la intimidación, la coacción, la agresión física, la provocación de incendios, el asesinato.
El canciller federal sigue siendo incapaz de pronunciar la palabra «extrema derecha» sin emparejarla con el otro polo, la «extrema izquierda». De lo segundo –y bien que lo sabeno se trata. Y es precisamente de la época del extremismo de izquierdas de la que aún se conservan leyes y artículos y una tropa especial de la policía que recibe una formación intensiva constante. En Brokdorf o Kreuzberg, esa tropa tan especial resultó muy curiosamente «incapaz de actuar». En su día, los disturbios sólo consistían en ocupar calles o prender fuego a algún supermercado. ¿Dónde están esos policías cuando prenden fuego a personas?
La política ya no actúa. De cuando en cuando, en la competencia diaria entre los partidos se extiende un pánico colectivo y cada cual trata de reaccionar a lo sucedido a título pasado. En lugar de actuar contra el extremismo de derecha, se reacciona a él.
Los debates giran en torno a una fórmula mágica para cambiar la ley de asilo a los inmigrantes. Cuando el cambio sea efectivo, todo se quedará igual que estaba, a menos que entre en vigor otra ley de inmigración en el mismo momento. No sería la primera ni la última vez que todo se queda como estaba. A pesar de todo, cada día los políticos cierran el pacto con una postura corta de vista.
El derecho al asilo político debe conservarse «en esencia»; es lo que dicen. ¿Qué es la «esencia»? Lo que tiene que haber es una lista de países en los que no hay persecución política. Eso quiere decir también: sin persecución a las minorías y sin persecución religiosa. Rumanía tendría que estar en esa lista. Aunque igual un día llegan autobuses estatales llenos de rumanos para masacrar a los húngaros con porras como ya sucedió en Tirgu Mureş, aunque haya pogromos contra los romaníes. Aunque los nuevos servicios secretos hayan reciclado al viejo personal de la Securitate y de nuevo campen a sus anchas por fábricas, oficinas o entidades postales. Y aunque los miembros de los partidos de la oposición sean espiados y amenazados.
El hecho de que cada cual nace y muere como individuo es una banalidad que se presta a las metáforas con carne de gallina. A los políticos no se les ocurre jamás. Cuando el grupo de individuos es demasiado numeroso, piensan en Estados.
Hablar de persecución política tiene tan poco sentido para el que la sufre como para el que emigra por culpa de la pobreza. Porque ahora se ha decidido no creer a estas personas. Ahora los políticos esperan que los Estados expidan certificados de persecución a sus perseguidos.
El concepto de «asilo político» se ha visto degradado por la nueva ley de inmigración. Se coacciona a los que huyen de la pobreza para que lo aleguen como único argumento, como mentira obligada. Eso se les debe echar en cara a los políticos, no a los refugiados.
Ya no es posible establecer la diferenciación entre inmigrantes que huyen de la pobreza y refugiados políticos, puesto que se ha generalizado la expresión «asilo político» y se utiliza igual para todas las variantes de la penuria. Pero el lema de la política es hoy: cerremos los ojos y daremos con el camino.
Quien, hoy en día, promete a la población tiempos con menos exiliados de países pobres engaña conscientemente, pues el motivo para su exilio, la pobreza, no desaparece. Es imposible mantener a las personas pobres alejadas de los países ricos.
Tampoco en sus países de origen están en su casa esas personas que no poseen más que cuatro porquerías y en cuyas sienes sólo retumban la desesperación y el hastío. Las cuatro porquerías no les sirven de anclaje. Y la desesperación y la comedura de cabeza los incitan a marcharse de allí.
La actitud de raza superior mediante la cual la mediocridad alemana reclama la atención tampoco se frena ante los italianos, griegos y turcos que llevan veinte años viviendo en Alemania. Los institutos Goethe del extranjero se ven en la necesidad de justificarse, los ejecutivos japoneses retiran sus proyectos de inversión en el este de Alemania por miedo a la xenofobia de la población.
Un día, en el mercadillo de Hamburgo, una mujer pedía limosna con un papel en la mano. La gente, jóvenes o viejos, ponía cara de asco cuando les enseñaba su papel. Algunos la empujaban para que se alejase. Un verdulero le gritó al compañero del puesto de jamones: «¡Échale algo para hincar el diente, o, ya de paso, le das un jamón entero!» Los dos se echaron a reír y los clientes de ambos puestos rieron con ellos.
Delante de la Gedächtniskirche de Berlín, un joven me tiró de la manga y me dijo: «¿Qué, está rico el matarratas?». Yo iba comiéndome un kebab por la calle. Le solté: «Yo no tengo matarratas en la boca, lo tienes tú en el cerebro». Me sacó la lengua, hizo una mueca grotesca y profirió una sonora arcada.

Notas
[1] En el original, Herta Müller utiliza sin tapujos el inequívoco término acuñado durante el nazismo y adoptado también por el régimen fascista del Japón: Herrenmenschen, que equivale a «amos», «raza de amos» o «pueblo de amos». La palabra «raza» es prácticamente tabú en alemán desde la posguerra. (N. de la T.)
[2] Deutsche Volksunion [Unión Popular Alemana], un partido nacionalista que actualmente está aliado con los nacionaldemócratas del NDP [Nationaldemokratische Partei]. (N. de la T.)
[3] Sachsenhausen fue uno de los campos de concentración más grandes de Alemania. Después de utilizarlo también los rusos como campo de prisioneros, en 1961 se convirtió en museo y lugar conmemorativo. En septiembre de 1992, un grupo de neonazis prendió fuego a uno de los barracones. (N. de la T.)







[*] Schmeckt das Rattengift. Publicado anteriormente en Frankfurter Rundschau el 31 de octubre de 1992

En Herta Müller: Hambre y seda
Título original: Hunger und Seide Herta Müller, 1995
Traducción: Isabel García Adánez

Foto original color: Herta Müller / Getty Images





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